Lo que Europa aprendió en su reforma eléctrica y lo que Honduras puede evitar

La entrevista con el Excelentísimo Señor Embajador de la Unión Europea en Honduras, Gonzalo Fournier, deja una idea central: la transición energética no se resuelve solo con más generación, sino con reglas claras, redes modernas y una visión de largo plazo.

En el debate eléctrico hondureño suele hablarse mucho de generación, contratos y tarifas, pero menos del punto que termina definiendo si una reforma funciona o no: la capacidad del sistema para volverse más confiable, más predecible y menos vulnerable a shocks externos.

Ese es precisamente el ángulo más valioso que deja la entrevista con el embajador de la Unión Europea en Honduras, Gonzalo Fournier, quien ha insistido en que la experiencia europea muestra una lección simple: los ciudadanos quieren pagar menos por la luz y sufrir menos apagones.

Esa afirmación parece obvia, pero en realidad ordena toda la discusión.

Europa no llegó a su actual política energética por convicción climática solamente. Llegó también por necesidad, después de comprobar el costo económico y estratégico de depender de combustibles fósiles importados y, en particular, de un solo proveedor de gas.

La guerra en Ucrania terminó de convertir la transición energética en una política de seguridad económica. La energía renovable dejó de ser vista únicamente como una meta ambiental y pasó a ser también una herramienta para reducir exposición a la volatilidad internacional y fortalecer la autonomía estratégica.

Ese punto importa para Honduras más de lo que a veces se admite. El país ya tiene una base renovable relevante y un potencial considerable en solar, eólica, biomasa e hidroenergía, pero sigue cargando vulnerabilidades estructurales: dependencia parcial de combustibles fósiles, cuellos de botella en transmisión, pérdidas elevadas y fragilidad financiera del sistema.

Por eso, la principal enseñanza del caso europeo no es que Honduras deba copiar un modelo externo, sino que debe evitar errores previsibles: cambiar reglas en mitad del proceso, politizar la regulación, esconder costos en la factura y creer que una reforma se sostiene solo con discurso.

Fournier ha sido especialmente claro en un aspecto que en Honduras debería discutirse con más seriedad: la inversión no entra de forma sostenida donde no hay certeza jurídica.

Su mensaje es que la estabilidad regulatoria vale más que cualquier subsidio mal diseñado o incentivo opaco.

En infraestructura crítica, los capitales de largo plazo no buscan solamente rentabilidad; buscan previsibilidad.

Cuando el marco legal cambia con cada coyuntura política, el costo real lo termina pagando el usuario, porque se retrasa la expansión de redes, se encarece el financiamiento y se posterga la modernización del sistema.

La otra señal importante de la entrevista es que la Unión Europea no está poniendo el énfasis principal en financiar más generación, sino en transmisión. Eso es relevante porque toca uno de los cuellos de botella menos visibles pero más decisivos del sistema hondureño.

El ofrecimiento de hasta 15 mil millones de lempiras a través del Banco Europeo de Inversiones para líneas de transmisión, junto con asistencia técnica y oferta industrial, sugiere una lectura concreta: Honduras no solo necesita producir energía, necesita poder moverla con eficiencia y confiabilidad.

Aquí hay una lección política y técnica a la vez.

Una reforma eléctrica seria no debería venderse como una disputa entre Estado y mercado, ni como una promesa abstracta de modernización.

Debería explicarse como un rediseño institucional para lograr tres resultados verificables: menos apagones, mayor seguridad energética y una factura más transparente para el usuario.

En ese marco, la participación privada no debería presentarse como un dogma, sino como una herramienta dentro de un sistema regulado donde el Estado define reglas, corrige fallas y protege el interés público.

La entrevista del embajador deja, en el fondo, un mensaje incómodo pero útil para Honduras: la ventaja renovable del país por sí sola no garantiza buenos resultados.

Sin red, sin regulación estable, sin institucionalidad técnica y sin continuidad más allá de los ciclos políticos, esa ventaja puede desperdiciarse. Y eso sería especialmente grave en un momento en que sí existe interés internacional, financiamiento disponible y una narrativa de inversión asociada a infraestructura energética resiliente.

Si este debate quiere tomarse en serio, la pregunta no debería ser solo cuánta energía limpia puede producir Honduras.

La pregunta más importante es si el país será capaz de construir un sistema eléctrico confiable, financiable y políticamente sostenible.

Esa, al final, es la diferencia entre una transición energética de discurso y una transición energética que la gente siente en su casa, cuando enciende el interruptor y la luz sigue ahí.

Análisis, datos y perspectivas que conectan decisiones hoy con la energía que Honduras necesita.

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